viernes, 5 de abril de 2013

Carlos Cifuentes: “Los Ladrillos del Templo”

Por Rodolfo Acevedo
Archivo: Páginas Locales Área Chile 
Liahona, Noviembre 1997

Un día del año 1958 dos misioneros caminaron hacia un garaje que estaba en el fondo de una casa para conversar con el hombre que trabajaba en esos momentos entre autos y repuestos y preguntarle si tenía interés en conocer algo más sobre la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Este mecánico de profesión que resultó ser Carlos Antonio Cifuentes procedía de una familia religiosa (su madre era evangélica y su hermana era una monja), les respondió afirmativamente a los misioneros, “primeramente porque tenía curiosidad” diría más tarde.

Carlos Antonio Cifuentes

En sus primeros días de conversar, él relató que encontró “tranquilidad espiritual” por primera vez; rápidamente dejó de fumar y también dejo fuera de su vida el alcohol, el té y el café, es decir, lo que los misioneros le habían enseñado como una “palabra de sabiduría”.  De allí al bautismo había un solo paso y él lo dio junto a su querida esposa y sus hijos.

Rápidamente Carlos Cifuentes comenzó a asumir diversas responsabilidades de liderazgo, las que lo llevaron un día 3 de febrero de 1963 a aceptar el llamamiento de presidente del Distrito de Santiago, una gran responsabilidad para quien en sus propias palabras “era tan sólo un mecánico”.

Posteriormente fue llamado a servir como consejero en la presidencia de la Misión Chilena y cuando se organizó la primera estaca en Chile el 19 de Noviembre de 1972, fue llamado a presidirla.

El Señor tenía deparado para él nuevas y grandes responsabilidades en el liderazgo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en Chile; un día es llamado para servir como representante regional y será en esta función que comenzará a dar los primeros pasos que lo llevarían a convertirse en el líder chileno que asumiría las grandes responsabilidades de los trabajos previos a la ceremonia de la primera palada y de la construcción del Templo de Santiago, hasta verlo levantado y dedicado al Señor en el mes de septiembre de 1983. Algunos días después de participar en las ceremonias de dedicación del templo de Santiago, él falleció dejándonos un legado imborrable de fe, perseverancia y dedicación en el servicio del Señor, servicio que se reflejó con claridad durante todos sus años de miembro de la Iglesia.

El recuerdo del hermano Pedro Quilobrán Herrera, oficiante sellador del Templo de Santiago, es revelador al referirse a nuestro hermano Cifuentes de los días previos al anuncio del Templo de Santiago como “el impulsor más grande del Templo”.  “Cada vez que iba a Lago Salado se llevaba dos rollos extraídos, un día nos dijo: “hermanos, la próxima semana voy a viajar a Lago Salado”, entonces nosotros con el hermano Osvaldo Muñoz López trabajamos toda esa noche extrayendo, yo leyendo y él copiando, éramos bien rápidos, en dos días le tuvimos un rollo completo extraído, lo que equivalía aproximadamente a unos diez mil nombres y se fue con ellos a Lago Salado.  Recuerdo la noche en que salió el presidente Cifuentes de la Biblioteca Genealógica de República, antes de cruzar el umbral y con las tarjetas en la mano, se devolvió para decirnos: “Hermanos, aquí llevo los ladrillos del Templo”.


Visita del Apóstol Spencer W. Kimball, 1966. 
De izquierda a derecha: Carlos Cifuentes, hermana Cifuentes,
A. Theodore Tuttle, hermana Tuttle, hermana Beecroft,
Presidente Carl J. Beecroft, hermana Camila Kimball,
Élder Spencer W. Kimball. 
(No sabemos quiénes son las dos niñas en la foto).

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